«Ya no podemos rehusarnos a ser parte de la globalización, pero antes hay que crear el autorretrato de una nación. Una vez que te ves, te reconoces y te quieres, estás resuelto”, comentó el fotógrafo.

¿Cómo nace la idea de recorrer el país para que los propios ciudadanos fotografíen su entorno y cuenten su vida?

Fue por necesidad (ríe). Me había quedado sin trabajo, puse en papel un proyecto que ya tenía pensado y empecé con mi propio dinero. Fui a hacer talleres en una comunidad, lejísimos. Primero tuve que llegar a Jaén, de ahí a Saramirisa –donde hace poco tomaron la estación 5 de Petroperú–, desde ahí tomé una chalupa, que es una especie de combi de río, y luego de dos días llegamos a la comunidad de Candoshi. Ahí hicimos un taller, pero tuvimos un altercado con una federación de nativos. Llegaron a preguntarnos qué hacíamos, les explicamos que teníamos la autorización de un apu. Ellos dijeron: “Pero no tienen permiso de la federación”. Ahí entendimos: la peruanidad es muy complicada. Era un sitio donde no hay Policía, Ejército, un sitio vacío. La federación pone las reglas de juego. El segundo día llegaron dos personas, luego tres personas que en la noche nos dijeron: “Mejor se van porque mañana los detenemos y no los vamos a soltar hasta que sus explicaciones nos satisfagan”. Salimos corriendo.

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